A lo largo del día hacemos muchas cosas dentro de nuestra mente. Pensamos, recordamos, imaginamos, presentimos, interpretamos, comparamos, deseamos, tememos. Algunas de estas acciones se suceden con tanta rapidez que apenas advertimos el paso de una a otra. Creemos que estamos pensando cuando tal vez estamos recordando; creemos que estamos intuyendo cuando quizá estamos anticipando aquello que deseamos o tememos.

Nuestra vida interior está llena de movimientos. Unos son suaves y casi imperceptibles. Otros llegan con fuerza, ocupan nuestra atención y modifican la manera en que vemos lo que nos sucede. Todos forman parte de una actividad íntima que nos acompaña incluso cuando guardamos silencio.

La Observación Interior nace del deseo de acercarnos a esa actividad.

Observar nuestro interior es detenernos durante unos instantes para reconocer qué está ocurriendo en nosotros. Es mirar hacia dentro con la misma atención con la que miraríamos un paisaje desconocido: sin apresurarnos a interpretarlo, sin exigirle que sea diferente y sin convertir cada descubrimiento en un juicio.

No se trata de vigilar cada pensamiento hasta perder la espontaneidad. Tampoco de dejar la mente vacía. Se trata de saber qué estamos haciendo dentro para poder dirigirlo, corregirlo o dejarlo descansar.

Reconocer lo que sucede dentro

Reconocer una acción mental significa advertir que está ocurriendo, saber cómo se llama y distinguirla de otras acciones próximas, sin confundirla con su contenido ni con su resultado.

Una cosa es aquello en lo que pensamos y otra es la acción de pensar. Una cosa es la imagen que aparece en nuestra mente y otra el acto de imaginarla. También podemos recordar una emoción sin estar sintiéndola ahora, o interpretar una sensación antes de haberla observado con suficiente calma.

Estas diferencias parecen pequeñas. En ellas puede encontrarse una parte importante del conocimiento de una misma.

Cuando carecemos de palabras para nombrar lo que ocurre dentro, varias acciones mentales pueden quedar reunidas bajo una misma expresión. Decimos simplemente «estoy pensando» y dentro de ese pensamiento pueden estar actuando el recuerdo, la imaginación, el temor, el deseo, la comparación y el presentimiento. Al no distinguirlos, también se vuelve más difícil razonar sobre ellos.

Las palabras abren espacios en la conciencia. Aquello que puede nombrarse comienza a ser reconocible, comparable y comprensible.

La Observación Interior intenta crear ese espacio.

Mirar sin invadirnos

Observarse no consiste en vivir pendiente de una misma. Una observación excesiva podría convertirse en vigilancia y alejarnos de la naturalidad. La Observación Interior propone otra forma de atención: una pausa consciente que nos permita acercarnos a lo que sentimos sin invadirlo.

Hay momentos en los que el cuerpo percibe algo antes de que la mente encuentre una explicación. Otros días es una emoción la que colorea nuestros pensamientos. En ocasiones aparece primero una idea y el cuerpo responde después. Todo puede suceder muy deprisa y parecer una sola experiencia.

Al detenernos podemos comenzar a distinguir:

¿Qué está sintiendo mi cuerpo?

¿Qué emoción está presente?

¿Qué pensamiento acompaña a esa emoción?

¿Qué estoy haciendo ahora dentro de mi mente?

Tal vez estoy recordando. Tal vez estoy construyendo una conversación que aún no ha ocurrido. Tal vez estoy interpretando un gesto, buscando una explicación, anticipando una consecuencia o intentando resolver algo que todavía no comprendo.

Reconocerlo no elimina la experiencia. Nos ayuda a relacionarnos con ella de una manera más consciente.

Una pausa para volver a una misma

La Observación Interior no pretende ofrecer respuestas inmediatas para todo. Su primer gesto es más sencillo: hacer un poco de espacio.

En ese espacio podemos escuchar lo que el ruido cotidiano deja al fondo. Podemos advertir una necesidad que no habíamos reconocido, una emoción que se escondía bajo otra o un pensamiento que repetíamos sin preguntarnos de dónde procedía.

También podemos descubrir que no todo cuanto pasa por nuestra mente expresa lo que somos. Hay pensamientos heredados, aprendidos o nacidos del miedo. Hay respuestas automáticas que se formaron en otros momentos de nuestra vida. Observarlas nos permite conocerlas antes de decidir si queremos seguir sosteniéndolas.

Poco a poco, la persona deja de ser solamente el lugar donde suceden pensamientos y emociones. Comienza a convertirse también en quien puede contemplarlos, comprenderlos, crear algunos de ellos conscientemente y elegir cómo responder.

Una breve práctica de Observación Interior

Busca una posición cómoda. Puedes cerrar los ojos o dejar la mirada descansando sobre un punto.

Respira con naturalidad.

Durante unos instantes, dirige la atención hacia tu cuerpo. No necesitas recorrerlo entero. Observa qué zona reclama tu atención. Puede haber tensión, calor, frescor, ligereza, presión o una sensación difícil de nombrar.

Después, pregúntate qué emoción está presente. No hace falta encontrar la palabra perfecta. Basta con aproximarse a ella.

Por último, observa tu mente.

¿Qué estaba haciendo justo antes de detenerte?

¿Estabas recordando, imaginando, resolviendo, anticipando, comparando o manteniendo una conversación interior?

No intentes corregir nada todavía. Reconócelo.

Permanece unos minutos junto a lo observado. Después vuelve a sentir tu respiración y el lugar en el que te encuentras.

Puedes escribir una frase sencilla:

«Ahora, dentro de mí, he podido observar…»

Unas líneas sinceras son suficientes.

El comienzo de una relación interior

La Observación Interior puede practicarse en silencio, al escribir, durante un paseo o en medio de una situación cotidiana. No exige apartarse de la vida. Se aprende dentro de ella.

Cada observación es una forma de acercarnos a nosotras mismas. Algunas veces encontraremos claridad. Otras veces aparecerán preguntas. Ambas cosas forman parte del camino.

Con el tiempo, mirar hacia dentro puede ayudarnos a reconocer nuestros movimientos mentales, comprender mejor nuestras emociones y distinguir aquello que sentimos de aquello que interpretamos. También puede permitirnos descubrir desde qué lugar decidimos, amamos, tememos, creamos o buscamos sentido.

Observar el interior es abrir una puerta.

Lo que encontremos al atravesarla dependerá de nuestra historia, de nuestra sensibilidad y del momento que estemos viviendo. Lo importante es que esa puerta exista y que sepamos que podemos volver a ella.

A veces basta una pausa para comenzar a escucharnos.

Y, al escucharnos, comenzar a volver a una misma.

Dolores R. Ruiz (Lola)